Frases (no tan) Célebres

•31 agosto 2014 • Dejar un comentario

La verdadera felicidad está en las pequeñas cosas: una pequeña mansión, un pequeño yate, una pequeña fortuna…

Algunas personas están vivas solo porque el homicidio es ilegal.

El que se ríe el último es porque piensa más lento.

El que es capaz de sonreír cuando todo le está saliendo mal, es porque ya tiene pensado a quién echarle la culpa.

Tener la conciencia limpia es signo de mala memoria.

Pez que lucha contra la corriente, muere electrocutado.

Si la vida te da limones, pide sal y tequila.

El que nace pobre y feo tiene grandes posibilidades de que, al crecer, se le desarrollen ambas condiciones.

Si buscas una mano dispuesta a ayudarte, la encontrarás al final de tu brazo.

Si no puedes convencerlos, confúndelos.

El amor eterno dura tres meses…. o cuatro.

El dinero no hace la felicidad. La compra ya hecha.

Hay un mundo mejor, ¡pero es carísimo!

Si la montaña viene hacia ti, ¡¡CORRE…!! ¡¡Es un derrumbe!!

Las semejanzas entre una mujer embarazada, una pizza quemada y una cerveza congelada es simple: si la hubieras sacado a tiempo, jamás habría ocurrido.

En los momentos difíciles de la vida, debes levantar la cabeza, sacar pecho y decir con mucha seguridad “¡Hoy sí que estoy hecho mierda…!”

Las mujeres perdidas son las más buscadas.

Si un día sientes un gran vacío, ¡¡come!! ¡Es hambre!.

Si la vida te da la espalda, tócale el culo.

 

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Menos es más

•23 agosto 2014 • Dejar un comentario

Han sido muchas las cosas que he oído decir de José Mújica, Presidente de Uruguay, desde que Jordi Évole le entrevistara para su programa “Salvados. La mayoría son buenas, aunque no es difícil encontrar detractores que lo tachen de hipócrita alegando que esa filosofía con la que dice vivir no es la que está poniendo en práctica a la hora de gestionar los recursos de su país.

Alabado y seguido por unos, criticado y repudiado por otros, pero ya quisiera yo que hubiera más políticos con esa visión, con esos valores.

Hay que escuchar los razonamientos que expone en el discurso de la conferencia celebrada en Río hace un par de años para comprender hasta qué punto somos meras cobayas de laboratorio sometidas a la voluntad de unos pocos.

Pero lo más triste es pensar en lo complicado que sería que la mayoría de nosotros, los occidentales del mundo desarrollado, aceptásemos la política que propone.

 

Acordes en Rosa

•17 agosto 2014 • Dejar un comentario

Podría decir que ayer se me presentaba un sábado tan tranquilo como de costumbre. Deseaba descansar, pero no pude rechazar la invitación de una buena amiga para pasar una noche distinta.

Podría decir que pude ver en directo a Pink Floyd, si no fuese porque sé que es imposible y porque el cartel de la entrada al local anunciaba a Pink Tones

Podría decir que es muy difícil escuchar un tributo musical tan bueno, si bien debo reconocer que la acústica de la sala ayudó mucho.

Podría decir que conozco a más de uno que hubiese disfrutado mucho con esa guitarra.

Podría decir que me hubiese gustado colgar un video donde apareciera la verdadera razón de nuestra asistencia, pero, a falta de ellos, buscando algo que no desmereciera la actuación de esta banda, he encontrado un resumen de la grabación del concierto que se hizo, en el mismo lugar, hace dos años.

Y podría decir que soñé con una noche estupenda, con buena música y amigos con los que compartí muchas risas y alguna que otra cerveza en botellas…. ¿de hojalata…?

Pero creo que fue real, porque la resaca de hoy así lo confirmaba, y porque acabo de encontrar en el bolso un curioso botellín vacío…“made in Murcia”…


“Mobbing” on the Road

•4 mayo 2013 • Dejar un comentario

Hasta hace no mucho, había relacionado el anglicismo “mobbing” al ámbito laboral, sin prestarle demasiada atención a la descripción que de esa palabra hace mi amiga, la Wiki. Pero de un tiempo a esta parte, he decidido aplicarle ese mismo adjetivo al comportamiento de algunos conductores. Quién sabe, quizás llegue el día en el que se generalice y pueda ostentar su propia denominación, al igual que ha pasado con el “bulliyng” (utilizado para identificar una situación similar en un ámbito diferente).

La razón principal por la que pienso estar sufriendo “mobbing vial” (por llamarlo de alguna manera) es mi coche: antiguo, poco potente y con muchos kilometros encima, eso sin contar que va conducido por una mujer… ¡Qué más se puede pedir…! Sólo espero que no haya quien piense que este artículo tiene como objetivo su venta, principalmente porque con lo poco que he dicho de él he desalentado hasta al más inculto en la materia. Además, a día de hoy, lo que pudiera conseguir por él no sufragaría ni los gastos de un anuncio en el Segundamano, con el añadido de que tampoco me puedo permitir el lujo de cambiarlo o de prescindir de él.

Bueno, a lo que iba. A diario, como media, suelo hacer unos 90 kilómetros. No es mucho, pero sí lo suficiente como para ver tal cantidad de atrocidades (por darle un poco de elegancia, porque lo primero que me viene a la mente es “burradas“), que a menudo creo que pasan demasiadas pocas cosas en la carretera para todo lo que la gente va haciendo por ahí.

Da igual lo bien que conduzcas, o el esfuerzo que hagas para no dejar a un lado tus valores mientras vas al volante, o la empatía que demuestres hacia los demás, al final, lo único que importa es el coche que tienes entre las manos. Si tu coche es viejo, eres carne de cañón; si es caro o relucientemente nuevo, “yo sí que lo valgo“, es lo que entre nosotros -mis hermanos y yo-, a modo de mofa, llamamos los “lorealitos“.

Precisamente hoy, a raíz de una noticia que escuchaba esta tarde sobre un hecho ocurrido en Campo de Criptana que ya se califica de homicidio, he recordado el accidente que hace unos meses sufrimos mi hermano y yo por culpa de uno de esos “lorealitos“: coche potente y conducido por un inconsciente, adelantando por la derecha, de manera temeraria, se sitúa frente al vehículo al que acaba de pasar y frena en seco porque le ha molestado recibir una ráfaga de recriminación. La consecuencia de esa chulería deja tres coches siniestrados, algunos heridos leves y un atestado redactado (y modificado posteriormente sin explicación aparente) por la Guardia Civil inculpando a uno de los más perjudicados y al único que evitó que la cosa fuese peor: mi hermano. Eso sí, el verdadero causante de todo aquello, sólo tuvo que acelerar a fondo para salir de la escena y no salir en la foto.

Y es que cada vez estoy más convencida de que la empatía de un conductor es inversamente proporcional al valor de su coche, por muchos estudios que se hagan diciendo que el perfil del conductor más intolerante sea el de una mujer, en la treintena y con hijos en edad escolar ¡De risa…! Seguro que el que se molestó en hacer semejante aseveración va en taxi a todas partes leyendo el períodico en el asiento de atrás porque ni siquiera tiene carnet.

De vuelta a los ruedos

•3 mayo 2013 • 2 comentarios

¡Decidido! Ya llevo varias semanas dándole vueltas al asunto, y creo que ya es hora de retomar el estoque. Y lo hago hoy, un 3 de Mayo, una de las fechas más significativas en mi calendario.

Fueron muchas las cosas buenas que me deparó mi anterior etapa bloguera y mucha la gente a la que conocí y con la que hoy apenas tengo contacto por mi dejadez, y no quiero que eso siga siendo así.

Así pues, intentaré impregnarme de la constancia que antaño tuve y publicaré con frecuencia, ya sea cualquier anécdota diaria o alguno de esos relatos que conservo en barbecho esperando que la inspiración me ayude a terminarlos.

Quiero y necesito hacerlo. Y  lo dejo por escrito para que conste, sobre todo, para que me conste a mí.

Firmado: Q

De la Anticipación a la Improvisación

•25 abril 2010 • 1 comentario

Que me guste viajar lo sabe cualquiera que haya pasado alguna vez por aquí. Lo que sólo unos pocos saben, es que evito hacer planes con mucha antelación. Esto es, escoger destino, comprar billetes y reservar hoteles a más de un mes vista.

Por eso, a principios de este año, cuando una amiga me propuso la idea de conocer Bucarest y Transilvania en Abril, una parte de mí se moría de ganas por visitar un destino tan poco habitual; la otra, sin embargo, no lo veía muy claro.

El tiempo fue pasando tan lentamente como se acrecentaba mi falta de interés. No entendía cómo era posible que no tuviera la más mínima ilusión por un viaje así. Normalmente, invierto horas buscando información sobre el sitio elegido: lugares pintorescos o poco frecuentados, rutas alternativas, leyendas, costumbres… Pero, en este caso, no encontraba alicientes.

Y llegó el día señalado, 17 de Abril, y con él, la respuesta a mis inquietudes: nuestro vuelo se cancelaba a causa de la nube volcánica.

Cierto es  que, en alguna ocasión, se me ha podido tildar de “bruja“, más  por lo de intuir cosas que por ir poniendo velas negras por ahí (por supuesto), pero, por mucha sensibilidad, percepción o poderes que se puedan llegar a tener, ¿quién se hubiera imaginado -hace tres meses- que un volcán islandés se encargaría de incrementar ese bulo?

Así pues, un viaje que llevaba tres meses preparándose, quedó desmantelado en media hora, lo que tardamos en cancelar vuelos, solicitar reembolsos y anular reservas, sentadas entre las maletas, en un rincón de la terminal 1 de Barajas con un portatil enchufado a la red.

Una vez resuelto ese problema, se nos presentaba otro: ¿qué hacíamos entonces? La mitad de las integrantes de la expedición rumana podíamos optar por volver a casa tranquilamente en no más de diez minutos. Pero la otra mitad se había cruzado medio país para llegar hasta aquí.

Tras someter a votación varios destinos, y descartando todo aquel que nos obligara a recurrir al transporte aéreo, nos decidimos por recorrer Navarra a bordo de dos coches.

Han sido unos días intensos, llenos de visitas a castillos y bosques, de historia,  de senderismo, de kilómetros de carretera, de buena comida, de risas y de inmejorable compañía, en los que, en ningún momento, he lamentado que un volcán echara por tierra nuestros planes iniciales.

La organización de este improvisado viaje no nos llevó más de dos horas (casi la cuarta parte de lo que he tardado en montar un video con las pocas fotos que tomé), por lo que, después de esta experiencia, me reafirmo en mi costumbre de no planificar nada con mucha antelación.

Diario de Batalla: Bruselas

•28 febrero 2010 • 6 comentarios

Estaba siendo un lunes muy complicado. La última semana del mes siempre lo es. Da igual que haya treinta días para hacer las cosas, al final siempre se aplica el famoso dicho “hasta el rabo todo es toro“, así que, mientras que la operación se ejecute dentro de ese mes, no hay por qué hacerlo antes del último día.

Quien me dio la noticia no sabía que, en lugar de alegrarme la jornada, me la estaba terminando de fastidiar. En dos semanas te esperan en Bruselas, me dijo, y en su cara se quedó la sonrisa típica del que cree haberte hecho un regalazo. ¡Mecagüentó…!, intentaba decir para mis adentros, pero no debí de esforzarme lo suficiente, porque creo que se notó un poco que las chispas que salían de mis ojos no eran de felicidad, precisamente.

Lunes, 8 de Febrero

Nueve de la mañana. Con apenas unas horas de sueño, llego a la capital europea. La niebla es tan espesa que me cuesta un rato localizar el coche que me espera.

Sólo veinte kilómetros de trayecto que se hacen interminables. Hora punta en una autovía de cuatro carriles donde sólo hay uno practicable. Los otros tres están llenos de camiones de todas partes de Europa que aprovechan la gratuidad de las carreteras belgas para atravesar la región central del continente. Somos el país que más contamina de la Unión, me dice el conductor con cierto sarcasmo.

Llego a mi destino, Anderlecht, una ciudad satélite a tan sólo seis kilómetros de Bruselas. El largo día de reuniones y demostraciones termina a las cinco de la tarde. Minutos después, un taxi me recoge para llevarme al hotel. Sólo necesito una ducha caliente y una cama.  Paso de salir a cenar y me quedo dormida con la tele encendida.

Martes, 9 de Febrero

Buenos días, señora. Son las siete y media. Abro los ojos. Todavía no sé qué me ha jodido más, si el zumbido del teléfono o que me llamen “señora“. En la televisión, las noticias hablan de la reunión de mandatarios europeos que tendrá lugar en la ciudad el próximo jueves. Me levanto y abro las cortinas. El día ya clarea y me permite ver la silueta del edificio que tengo frente a mí. Parece el escenario de un cuento de Dickens: chimeneas puntiagudas y tejados abuhardillados. No me entretengo y me voy a la ducha.

En recepción me han dicho que el taxi tardará unos quince minutos. Aprovecho para salir a fumar a la calle donde ya hay otros huéspedes haciendo lo mismo.

El día transcurre de manera similar al anterior. Hay previsión de nevadas para esta noche, me dicen en la oficina. Llevo viendo tanta nieve este invierno que ya es algo que ni me asusta ni me sorprende.

Regresando al hotel, me voy fijando en las calles por las que voy pasando para situarme un poco. Subo a la habitación, me pongo unos vaqueros, unas botas cómodas, una bufanda y salgo a dar una vuelta. 

Me acerco hasta la Avenue Louise, donde creo haber visto algunas tiendas. Tan pronto como me paro ante el escaparate de una conocida cadena española, el ruído del cierre automático me hace dar un brinco. Miro el reloj. ¡Son sólo las seis de la tarde! Me giro y echo un vistazo alrededor. Todos los comercios están haciendo lo mismo. Me niego a seguir mirando entre las rejas y continúo caminando. Al cabo de un rato, cansada de oir mis propios pasos por calles solitarias y poco iluminadas, decido volver al hotel atravesando la parte peatonal de Jean Stasstraat, donde pequeños restaurantes se suceden a lo largo de su corto recorrido. Lo más vistoso de cada uno de ellos, es el reclamo verbal con el que abrigados camareros llaman la atención del transeúnte desde el umbral de los establecimientos: pasen y degusten los exquisitos mejillones belgas, creo entender a uno.

Me como un sandwich en la cafetería antes de subir a la habitación. Enciendo el portátil y me conecto al correo aprovechando el despiste de algún vecino poco precavido. A los diez minutos se da cuenta y me deja sin conexión. Me acerco al ventanal y miro el cielo. Tiene un color entre gris y anaranjado que anuncia nieve, pero aún no hay rastro de ella.

Miércoles, 10 de Febrero

Descuelgo el teléfono. Me parece estar viviendo una situación parecida a la de  “El Día de la Marmota“. La misma voz,  el mismo tratamiento, y la televisión encendida con las mismas noticias del día anterior. Debí quedarme dormida sin apagarla.

Me levanto de un salto recordando la predicción meteorológica. Abro las cortinas y todo lo que veo está cubierto de un grueso manto blanco. Las ventanas de la buhardilla de enfrente están llenas de escarcha.  El viento sopla con fuerza y sigue nevando con mucha intensidad. Es un espectáculo digno de inmortalizar, pero ahora no tengo tiempo de buscar la cámara.

Al salir del ascensor oigo que alguien, en un perfecto castellano, me vuelve a llamar “señora“. Es Alba, la jefe de recepción, que me advierte del colapso que está sufriendo la ciudad y me aconseja que pida el taxi antes de ir a desayunar. Le hago caso y me voy a comer algo.

Llevo más de una hora y dos cafés esperando el dichoso taxi. En ese tiempo, Alba ya me ha puesto al corriente de los estragos que la nieve está causando, del cierre del aeropuerto y del escaso porcentaje de taxistas (uno de cada diez) que se han arriesgado a trabajar en un día como éste.

Una hora más tarde, aparece mi medio de transporte. Son más de las diez de la mañana, pero intento tranquilizarme, al fin y al cabo, por la información que he conseguido, todo el mundo debe estar teniendo los mismos problemas.

El trayecto no está siendo nada divertido. El conductor intenta distraerme para que no me percate de lo mal que está la cosa. Silba una melodía que me es familiar. Intento identificarla. Mientras esté entretenida en averiguar de qué canción se trata menos cuenta me daré de cómo se descontrola el coche en cada giro.

Llego al edificio y me paso los primeros cinco minutos intentando quitarme la nieve de las botas y de los bajos del pantalón. Los últimos cincuenta metros los he tenido que hacer a pie porque no he visto muy convencido al taxista.

Apenas ha llegado la mitad del personal. Sólo un polaco, que tenía previsto asistir hoy a una reunión, lleva aquí desde primera hora. Se le vé un poco alterado y es que no entiende cómo la nieve puede haber afectado tanto a nadie. Para él, un día como el de hoy, es de lo más normal en Varsovia. Pensándolo bien, yo también estoy sorprendida. Ahora me doy cuenta de que en Madrid no estamos tan “atrasados” como muchos creen.

A pesar de todo, el día se me ha hecho corto. Vuelvo al hotel y lo primero que hago es descorrer las cortinas y buscar la cámara. No hay mucha luz, y el viento se ha llevado gran parte de la nieve que esta mañana cubría los tejados; aún así, hago un par de intentos.

Me está dando mucha pereza salir a la calle. Llamo al servicio de habitaciones y pido una pizza. Mientras espero, decido darme una ducha bien caliente e, inconscientemente, empiezo a tararear la melodía con la que el taxista me amenizó el viaje esta mañana. De pronto, me doy cuenta de que es Help de los Beatles. ¡Pobre hombre…!

Llega la pizza. Está francamente buena y recién hecha.
Esta noche me aseguro de dejar el televisor apagado.

Jueves, 11 de Febrero 

Abro un ojo y tanteo en la mesilla de noche buscando el móvil. Las siete y cuarto. Se nota que llevo tres días durmiendo más de lo habitual.

Me levanto y me acerco hasta el ventanal. La noche ha debido ser muy fría. Hay carámbanos de casi medio metro suspendidos a lo largo de todas las cornisas que alcanzo a ver. De pronto, se me hiela la sangre al oir el zumbido del teléfono y una voz masculina hablando en francés a mi espalda. Tardo unos segundos en comprender que la televisión se ha puesto sóla en marcha.  Descuelgo y balbuceo algo parecido a un “Gracias“.

Alba me ve aparecer en el vestíbulo y me saluda con la mano, haciéndome entender con un gesto que va a llamar ya al taxi. Parece que los problemas persisten.

Creo que el conductor que me ha tocado hoy en suertes me la está jugando. Lleva un rato zigzageando por calles estrechas y ya ha conseguido desorientarme por completo. Pronto comienzo a reconocer el lugar. Miro el taxímetro y no doy crédito. ¡Es el trayecto más barato de todos los que he hecho hasta ahora! 

Hoy, mis anfitriones han decidido abandonar los habituales canapés de media mañana y han hecho una reserva en un restaurante cercano. Me apetece conocer algo de la gastronomía del país. En este caso, al encontrarnos en Flandes, imagino que será cocina flamenca.

Llegamos a la localidad de Beersel, donde me dicen que hay un castillo medieval en muy buen estado que no consigo ver a causa de la niebla.

Toma-Mate reza el cartel de la entrada. El interior, decorado en piedra y maderas oscuras, huele a carne y brasas. La curiosidad me puede y pregunto a uno de mis acompañantes por el significado del nombre del local. Dímelo tú, me espeta. No entiendo, pero empiezo a relacionar olores, platos y palabras… ¡¡Es un argentino!!

Estoy agotada aunque creo que el atracón que me he dado hoy tiene mucho que ver. Así que decido aprovechar mi última noche en la ciudad y dedico un rato a estudiar el mapa que me dieron en recepción el primer día.

Tengo entendido que el Manneken-Pis tiene un guardarropa de lo más curioso, y lo muestra haciéndolo coincidir con ciertas fechas conmemorativas. Pero queda bastante retirado de donde me encuentro y lo descarto. Recuerdo entonces la pequeña fortaleza, enclavada en medio de una glorieta, que he visto de camino al hotel. La sitúo y veo que está a unos quince minutos a pie. Si tengo suerte, entre el flash de la cámara y los focos que pueda haber iluminándola, consigo una foto en condiciones.

Hace más de veinte minutos que abandoné el hotel, y aunque estoy convencida de ir en la dirección correcta, no soy capaz de encontrar lo que busco. Sigo caminando hasta llegar a un semáforo que me obliga a detenerme. Miro a mi alrededor, y, de entre unos árboles que hay en medio de la amplia plaza, aparece una oscura silueta. Hallepoort (Porte de Hal), indicaba un pequeño cartel junto a mí. Se me hace difícil de creer, pero si no llega a ser por esa parada inesperada, habría pasado de largo. Sopeso las posibilidades para una foto: estoy demasiado lejos, no hay luz suficiente alrededor, y la niebla vuelve a ceñirse sobre mi cabeza. Desisto.

La sensación de pesadez no se me va del estómago. Hoy, la caminata no ha servido de mucho. Caliento un poco de agua, mientras termino de hacer la maleta, y me hago un té.

Viernes, 12 de Febrero 

Me levanto con el hambre de tres personas. Apenas hay gente en el comedor. Ahora entiendo por qué son más caras las noches del martes y el miércoles.

Aviso a Alba para que vaya llamando al taxi y preparando la factura mientras subo a por mis cosas. Doy un último vistazo a la habitación antes de salir y, en el espejo del escritorio,  compruebo que no llevo pendientes. Saco el neceser y suena el teléfono. Señora, su taxi ya está aquí.

El día promete, a pesar del “sprint” que me acabo de dar. Por lo pronto, sólo trabajaré hasta las doce. Mi avión sale a las tres y media, y, viendo cómo ha estado todo estos días de atrás, prefiero prevenir.

Una inesperada llamada al móvil interrumpe el silencio dento del taxi. Señora (¡y dale!), soy Alba, ¿ha comprobado si le falta algo?. No entiendo, pero mi mente empieza a rebobinar hasta… ¡los pendientes! Cambio de planes y de ruta.

El tráfico está imposible en la ciudad, sin embargo, la llamada ha sido providencial. La circunvalación que debíamos tomar hacia el aeropuerto está completamente parada a causa de un accidente.

Con cuidado, guardo en el bolso el pequeño sobre que me han entregado en el hotel con las alhajas. El cinturón de seguridad no parece cumplir bien su misión; ya llevo varios paseos hasta la otra punta del asiento trasero. Creo que el conductor ha debido ver la insistencia con la que miro el reloj y está deseando perderme de vista. Hasta ha hecho un adelantamiento bastante temerario a un tranvía, con los consecuentes saltos que conlleva cruzar las vías de esa manera.

En lugar de besar el asfalto, decido fumarme un cigarro tranquilamente antes de entrar a facturar la maleta. No sé qué hora es, pero, al menos, he llegado… viva.

Rampas, escaleras, pasarelas, y más rampas, más escaleras, más pasarelas… ¡Esto parece una “gimkana”!. No me extraña que haya que venir con tanta antelación. 

Tres o cuatro kilómetros de carrera, un exhaustivo control de metales y un interminable recorrido por el pasillo del avión después, me dejo caer, hecha polvo, en un asiento de la última fila. Y en lo único que pienso es ¡¡y me lo quería yo perder…!!