La Aventura Majorera (VIII)
A pesar de las nubes que se veían a lo lejos sobrevolando el sur de Lanzarote, el espléndido sol que lucía aquél día propiciaba y aumentaba nuestras ganas de darnos (por fin) un baño en las cristalinas aguas del Atlántico canario.

Al salir de El Cotillo, tuvimos que volver a Corralejo para poder tomar la carretera costera que llevaba al Parque Nacional de las Dunas. Ya habíamos tenido oportunidad de pasar por delante de ellas en varias ocasiones, y, a pesar de que la mayoría de los coches que solíamos ver aparcados, y casi enterrados en la cuneta, solían encontrarse un par de kilómetros más adelante, decidimos acceder a la playa a través de la vía utilizada para llegar hasta las dos moles que se habían construido en el paraje: dos hoteles de tres y cinco estrellas.
Aparcamos el tanque al final de la zona asfaltada, justo detrás de la fachada del establecimiento más lujoso. Desde allí se podía ver cómo el color del mar pasaba del intenso azul turquesa de la orilla al añil de alta mar.
Mientras me cambiaba las zapatillas de deporte que utilizaba para conducir por unas chanclas playeras, Raquel sacó de la parte trasera un gran bolso lleno de toallas, gorras y protectores solares que habíamos metido por la mañana en previsión de la ruta, y se lo cargó al hombro.
Nos adentramos en el arenal que nos separaba unos cien metros del agua, y a pesar de ir bien provistas de gafas de sol muy oscuras, la luminosidad que originaba el color de la arena nos cegaba casi por completo.
La arena se metía como acero hirviendo entre el calzado y la piel, y no sabíamos si dar un paso más o quedarnos quietas, cualquiera de las dos opciones era poco recomendable. Ante tal dilema, Bea y yo nos lanzamos a la carrera para acabar cuanto antes con aquella tortura, mientras escuchábamos cómo se alejaban los improperios que Celia emitía a cada paso que daba.
El contraste de temperatura que sentimos al llegar al agua dolía casi tanto como el calor de la arena. Poco después llegaba Celia con la cara congestionada y acordándose de todos los miembros del santoral, mientras que Raquel, cargada con el bolso de plástico, se lo tomaba con calma y caminaba hacia nosotras, tranquilamente, observando el paisaje.
- ¿Os habéis fijado en la extensión que tiene esto…? -comentó relajadamente al llegar.
- ¡Coño, pues claro! Tengo una ampolla por cada metro de arena… -farfullaba Celia con los ojos vidriosos por el dolor.
- Me refiero a la extensión de la playa…. -concluyó Raquel. Y tenía razón.
En nuestra desenfrenada carrera hacia la orilla, en lo único en lo que nos fijamos fue en la distancia que nos separaba del agua, y, una vez allí, sólo nos había interesado saber si los pies seguían enteros y en su sitio, pero aún no nos habíamos percatado de la belleza del lugar.
Detrás de nosotras y un poco más hacia el norte se veían los dos hoteles y unos pocos bañistas cobijados bajo las sombrillas de cáñamo que cubrían las hamacas de los establecimientos; pero, hacia el sur, no se veía ni un alma.
Raquel dejó el bolso en la arena, cerca del agua, y lo abrió para sacar las gorras y evitar una posible insolación. Las repartió, se ajustó la suya y comenzó a andar por la orilla hacia la parte más despoblada de la playa dejando el bolso atrás. Conociéndola, ese gesto sólo podía significar que le cedía el turno a alguien más para cargar con él. Sorprendentemente, en cuestión de segundos, me quedé sola y con el bolso junto a mí.
En esta parte de la isla el mar estaba mucho más calmado que en la parte occidental, donde la húmeda brisa nos obsequiaba con una cierta sensación de escalofrío; pero aquí, esa fresca brisa se tornaba un viento pesado y cálido proveniente de las dunas.
Anduvimos más de un kilómetro sin ver nada ni a nadie, soportando aquél calor de mediodía que comenzaba a deshidratarnos. Poco después, nos vimos desfilando por delante de pequeños grupos de personas que, entre las dunas más cercanas, se hallaban escondidas detrás de lo que parecían trincheras levantadas con algunas de las escasas piedras que se podían encontrar por allí; estratégicamente colocadas tanto para protegerse de los granos de arena que el viento lanzaba como afiladas agujas, como para no invadir la intimidad de los demás y hacer respetar la propia. Sólo unos metros nos separaban de aquellas personas a las que sólo se les veía la cabeza por encima de las pétreas defensas y a las que se les intuía como amantes del nudismo.
- ¿Pero dónde coño vamos? ¿no está bien este sitio…? -se quejaba Celia que hacía rato se había despojado, imprudentemente, de la camiseta.
- Sólo un poco más…. Ya no queda mucho…. -sentenció Raquel desde su privilegiada posición de guía de la expedición.
No entendía por qué Raquel había dicho “ya no queda mucho…” ¿Mucho?, ¿para qué?. ¿Sabía acaso ella dónde íbamos?. En realidad, sólo se dejaba guiar por la intuición. Si había tantos coches aparcados en un mismo punto de la carretera, debía de haber un buen motivo, y Raquel estaba empecinada en encontrarlo, por lo que, a falta de mejor referencia, era sólo cuestión de tiempo.
Unos cientos de metros más adelante, oculto tras una de las itinerantes masas arenosas, apareció un pequeño establecimiento, tan mimetizado con el entorno, que hacía difícil creer que no fuera un espejismo. Totalmente abierto al exterior, daba paso a una terraza asentada en las faldas de la duna, delimitada por una delgada hilera de cañas a modo de valla y parcialmente ensombrecida por raídas sombrillas de paja.
Entrar en el local fue como acceder a otro mundo. La relajación de la gente que allí se encontraba, tanto de la clientela como la del único empleado que parecía lidiar con el negocio, llegaba a rozar el efecto “cámara lenta”. Todo parecía estar ralentizado de tal modo que hasta el grifo de la cerveza dejaba caer el dorado líquido con extrema lentitud, al menos, esa fue la sensación que nuestras sedientas gargantas tuvieron.
- ¿Van a comer algo? -inquirió el joven y enjuto camarero.
- ¿Os apetece un poco de ese pulpo? -sugirió Raquel al tiempo que señalaba un gran ejemplar que se hallaba expuesto al otro extremo del mostrador
- Tengo unas viejas muy frescas que les puedo poner a la espalda… -insistía pausadamente el camarero mientras se alejaba para atender a otro cliente.
- ¡¡A mi la espalda no me la toca ni Dios!! -escupió enfurecida Celia cuya imprudencia le había dejado la piel tan enrojecida como la de cualquier langosta que se preciara de estar en su punto, lo que no le impidió lanzarnos una mirada asesina cuando nos vio partirnos de risa tratando de explicarle que “la vieja a la espalda” era un plato de pescado y no una anciana emulando al Cid.
Accedimos a la sugerencia de Raquel y nos acomodamos en una de las mesas de la terraza, donde acompañamos la suculenta y abundante ración con otra ronda de bebidas, pues el tiempo que habíamos esperado a que nos sirvieran la comida había sido más que suficiente como para acabar con la anterior.
Al terminar, Raquel decidió acercarse a la barra a pedir el café.
- Lo siento. No tengo café…. -le contestó el camarero con una forzada sonrisa.
- ¿Ni de “pullero”….? -insistía Raquel en su incredulidad.
- No, señora, ni de “pullero”… -insistía a su vez el joven.
Vimos llegar a Raquel con el gesto contrariado y nos increpó para que nos levantáramos.
- ¿Y el café? -pregunté al tiempo que me incorporaba.
- No hay…. -me respondió secamente.
- Pero ¿has pagado? -la pregunta la generaba mi sorpresa en ver las prisas que nos imprimía.
- Pues claro. Si esperamos a que nos traiga la cuenta corremos el riesgo de que se devalúe la peseta… -comentó sarcásticamente mientras abandonábamos el lugar. Más tarde nos comentaría que aquello de “señora” no le había sentado nada bien.
Sin mediar ninguna otra palabra, decidimos volver, pero, esta vez, yo decidí hacerlo a nado, propuesta a la que se sumó Bea y poco más tarde, Raquel. Ahora el turno para llevar el bolso había recaído irremediablemente en Celia que prefirió escoltarnos desde la orilla en nuestro camino de vuelta.
Aquella noche, tras la cena, para despedir al resto del grupo con el que solíamos compartir nuestras trasnochadas veladas y que abandonaría la isla al día siguiente, decidimos visitar otro de los lugares más ambientados de la ciudad.
Esta vez nos dirigimos a un amplio disco-pub decorado al más puro estilo tropical y cuyo recinto estaba dividido en dos: la parte interior albergaba la pista de baile y una preciosa barra de madera de teca sobre la que se veía un escueto techo de paja que imitaba al de los chiringuitos de playa; y la terraza exterior, donde las lajas de piedra del suelo se habían colocado respetando el espacio alrededor de las palmeras enanas que decoraban el lugar; todo ello espolvoreado con un montón de acogedoras butacas de mimbre de grandes respaldos, y mullidos cojines en tonos pasteles que invitaban a la relajación, y de cuya comodidad no pudieron disfrutar ni Celia ni su espalda.
(…)

Escribe un comentario