La Aventura Majorera (II)
Era evidente que el primer día de nuestras vacaciones no iba a ser como habíamos planeado. Raquel se encontraba realmente mal y decidió quedarse en la habitación del hotel, por lo que Bea, Celia y yo nos decidimos por un plan alternativo: Excursión al Parque Timanfaya en Lanzarote.
Teníamos que darnos prisa, había un barco que salía hacia Puerto del Carmen en 20 minutos y enlazaba allí con una de las rutas al Parque.
La travesía fue breve, de poco más de media hora, en la que tuvimos oportunidad de pasar muy cerca del Islote de Lobos, cuyos únicos habitantes permitidos son el farero y su familia, pero siempre hay visitantes que van a pasar el día a la Playa del Puertito (una calita poco profunda con fondo de roca volcánica y arena muy blanca) o simplemente, a comer al restaurante que dirige la familia.

El recorrido por la isla de Lanzarote resultó muy agradable, pero sólo tuvimos oportunidad de bajar del autobús en uno de los peculiares parajes del Parque para ver la fuerza de un géiser, en la Cueva de los Verdes y en los Jameos del Agua, donde reside una especie rarísima de cangrejos albinos ciegos: los jameitos.
Aunque el paseo por los más de 250 cráteres del Parque se nos hizo muy corto, a la vez que interesante, a mí no se me iba de la cabeza Raquel y su malestar. No deberíamos habernos ido dejándola sola.
Ya de nuevo en Corralejo, anduvimos hasta el hotel esperando encontrar a nuestra amiga en mejores condiciones en las que la habíamos abandonado por la mañana. Y allí estaba, en la habitación, un poco pálida aún, pero con el mismo genio de siempre.
- ¿Os habéis divertido?. Había bastante sarcasmo en la pregunta, pero nos alegramos de verla mejor.
Nuestras habitaciones daban directamente a la piscina y cada una tenía una terraza a través de la cual se accedía a ellas. Raquel nos contó que su malestar había llegado a oídos de los responsables de la cocina y que habían estado todo el día pendientes de su salud; de alguna manera se sentían responsables, y, con ligeros toques en la cristalera de la terraza, le habían ido avisando de que dejaban en la mesita de fuera un consomé, fruta o alguna infusión.
Aquella noche cenamos muy frugalmente y volvimos a la habitación para poder pasar el resto de la jornada contándole a Raquel cómo nos había ido en nuestra excursión.
Con un día de retraso, empezamos el día siguiente donde lo habíamos intentado hacer el anterior. Recorrimos buena parte de la ciudad buscando una oferta interesante para alquilar un coche que nos permitiera recorrer en profundidad toda la isla. Nos aconsejaron que descartáramos la idea de un turismo convencional pues buena parte del territorio estaba jalonada por caminos a los que no podríamos acceder, por lo que, finalmente, nos decidimos por un 4×4.
La simple visión del vehículo que nos habían asignado hizo que las llaves del mismo fueran pasando de mano en mano, de una a otra hasta que llegaron a mí. Me las quedé por dos razones muy obvias para el grupo: la primera, todas sabían que no me asustaba ningún vehículo que se dejara conducir; la segunda, no había nadie más a quien cederle las llaves…
Aquello no era un 4×4 al uso; era un pequeño camión con capacidad para 6 personas y sus respectivos equipamientos de espeleología, pero aún así, no podía, por menos, que experimentar cierta sensación de reto.
Los 6 cilindros de aquel “tanque” se pusieron en marcha con un curioso estruendo que hizo temblar cada tornillo de la carrocería, pero sonaba muy bien; transmitía seguridad.
Con Bea de copiloto, interpretando un mapa muy detallado de la isla, salimos de Corralejo rumbo al interior. Villaverde, La Oliva, Antigua, Betancuria eran algunos de los lugares más destacados en el mapa en la dirección que llevábamos, y habíamos decidido verlos todos.
El primer pueblecito de la ruta, Villaverde, nos lo pasamos sin apenas darnos cuenta, y, sabiendo que tendríamos que volver a pasar por allí de vuelta al hotel, no le dimos mucha más importancia y continuamos hasta La Oliva, municipio al que, por cierto, pertenece Corralejo, y donde decidimos no parar tampoco.
A lo largo del recorrido por los blancos y pequeños pueblecitos que conformaban el municipio, aparecía algún que otro antiguo molino de viento (fuente natural de energía en la isla), muchos de ellos estaban coquetamente restaurados con el fin de atraer la atención del turista.
Puede que el hecho de ver tanto molino (en realidad fueron sólo tres) influyera en la decisión de desviarnos, ligeramente, de la ruta para dirigirnos a un pueblo que se llamaba precisamente así, Los Molinos, y que, según el mapa, estaba situado en la costa occidental y no muy lejos de la carretera principal, por lo que dedujimos que podría merecer la pena visitarlo.
El problema fue que Bea no supo entender que, al mirar un mapa, no debía tomar el diámetro de su dedo índice como baremo para medir una distancia, más bien tendría que haber mirado qué tipo de carretera era y cuán larga podía llegar a ser teniendo en cuenta sus múltiples curvas.
Aquel trayecto duró más de lo previsto; cuando conseguía que el tanque terminara de trazar una curva de casi ciento ochenta grados sin precipitarnos por el barranco, empezaba a tomar otra, aún más pronunciada, hacia el otro lado. Todo eso para desembocar en una aldea de pescadores, muy particular, eso sí, pero sin otra salida posible que no fuera la misma carretera que acabábamos de dejar.
Para relajar un poco la tensión, aparcamos tras cruzar un pequeño arroyo por el puentecito que servía de paso hacia el otro lado de la aldea, donde parecía haber un pequeño restaurante encaramado a uno de los laterales de la cala.
Nos habíamos dejado en el camino mucha energía y eso nos dejó algo desgastadas, por lo que decidimos acompañar el refrigerio con algo de comer, y qué mejor que hacerlo con un plato típico del lugar: lapas con mojo picón.
Según nos comentó después el propietario del establecimiento, lo más típico de allí eran, en realidad, los mejillones; de hecho, la ladera hasta el montículo sobre el que se asentaban el local y su terraza de verano, estaba cubierta de cáscaras de mejillón que habían ido depositándose allí por los siglos de los siglos, pero, como aún no era época…
Raquel las calificó de exóticas, Bea de picantes, Celia de duras; yo me las tragué, sin más.
Sólo recuerdo que el café de “pullero” me supo a gloria y me sirvió para bajar aquella mole de lapa y mojo.
De vuelta en el tanque nos dispusimos a seguir camino hacia “quién sabía dónde”, pero, de momento, teníamos que volver a pasar por todas esas malditas e interminables curvas. Nos habíamos entretenido más de la cuenta y quizás no tuviéramos tiempo de ver mucho más.
Al final de la primera y única recta de aquella carretera nos encontramos con el cruce de la vía principal que habíamos estado felizmente siguiendo un par de horas antes. Allí, paradas, ante el empate técnico en el que nos encontrábamos (dos queríamos seguir y las otras dos volver a Corralejo), dejamos que una moneda decidiera nuestro siguiente destino: seguiríamos, por lo menos, hasta Antigua.
(…)

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