Las luces del taxi se perdían calle abajo mientras Alicia y sus amigas esperaban a que el amplio portón metálico se abriera a la hora convenida.
Reían nerviosas, excitadas. Era la primera vez que entraban en un museo de aquella manera y cerca de la medianoche.
Hablaban en voz baja, preguntándose si Carlos habría olvidado su cita, cuando el pequeño piloto rojo de la cámara de seguridad parpadeó unos instantes antes de que se accionara el mecanismo que abría la puerta.
Las tres amigas accedieron al oscuro interior, no sin cierto recelo, esperando alguna señal que les indicara por dónde debían seguir avanzando. No habían conseguido aún habituarse a la penumbra cuando un ligero chasquido les indicó que la puerta acababa de cerrarse tras ellas. Pasaron unos segundos antes de que pudieran vislumbrar la tenue luz de una linterna que se acercaba hacia ellas.
El haz avanzaba iluminando el pavimento con ligeras oscilaciones de derecha a izquierda guiando los pasos sordos de quien lo portaba. Las jóvenes no pudieron evitar un escalofrío primero y un cierto malestar después, al comprobar cómo Carlos se mofaba de su miedo y se iluminaba la cara colocándose la linterna bajo la barbilla. Alicia se sintió molesta por el recibimiento que su hermano les acababa de ofrecer y le recriminó su actitud propinándole un pellizco en el antebrazo.
- No vuelvas a hacer eso en tu vida, ¿me oyes? -le susurraba Alicia furiosa mientras cruzaban el amplio patio empedrado hasta la puerta de emergencia.
Una vez dentro, Carlos accionó varios de los interruptores del cuadro de luces y cerró cuidadosamente la puerta.
La paulatina iluminación de la sala sobre los impolutos muros, suavizó el impacto en las retinas de las tres amigas, que contemplaban asombradas la amplitud de aquella sala y cómo los lienzos parecían levitar sobre las inmensas paredes.
Carlos se adelantó para ir guiándolas a través de todas las exposiciones que tenían lugar en ese momento. Invirtieron poco más de media hora en recorrer la planta principal, donde la mayor parte de las estancias recogían las obras que varios artistas contemporáneos habían dedicado a la guitarra española. Después subieron por la escalera hasta el primer piso donde se encontraba la joya del museo, el Guernika de Pablo R. Picasso. Una de las jóvenes, Elena, sacó su cámara digital del bolso. Fotografiar esa obra de arte en su actual enclave era una oportunidad que no quería desaprovechar e hizo varias tomas hasta conseguir la instantánea que buscaba. Nadie se lo recriminó pues éste era el principal objetivo de su clandestina visita.
Eran casi las tres de la madrugada cuando Carlos decidió enseñarles el sótano atravesando un angosto y largo pasillo hacia una escalera de acceso restringido al público. No habían llegado aún a la mitad del corredor, cuando Alicia creyó oír un ligero tintineo. Dirigió la vista hacia el uniforme de su hermano buscando algún manojo de llaves que, con el movimiento, fuese origen de aquel repiqueteo, pero sólo pudo ver el Walkie-Talkie enganchado del cinturón.
El murmullo continuaba resonando a lo lejos y nadie más parecía haberse percatado de ello. Así que no tardó en buscar una excusa para poder averiguar de dónde procedía aquel ruido.
- ¿Hay algún baño por aquí?
- ¡Joder, hermanita, mira que eres oportuna…! -resopló Carlos acercándose a ella un tanto incómodo por haber interrumpido la instructiva charla con la que iba deleitando a sus amigas sobre la historia más reciente y espectral del edificio.
- ¿Ves esa puerta a la derecha por la que acabamos de pasar? Pues tira de ella y, hacia la mitad del pasillo, a la izquierda, está el baño de los empleados. ¡Venga, date prisa! Nosotros te esperamos aquí.
Alicia aceleró el paso desandando unos metros el corredor hasta la puerta indicada. Tiró de ella con fuerza y se adentró en otro corredor tan angosto y largo como el que acababa de dejar atrás. Para su sorpresa, comprobó que el tintineo era más nítido ahora. Siguió caminando y pasó el baño de largo. El pasillo parecía acabar en otro corredor que lo cortaba transversalmente y se intuía un poco más iluminado.
Se dirigía hacia la intersección cuando tuvo la sensación de que por más que anduviese, más se alejaba de su objetivo. Se detuvo y se apoyó contra la pared. No sabía si era un efecto óptico o no, pero aquello no parecía acabar nunca. Se disponía a abandonar su propósito cuando volvió a escuchar el murmullo acompañado del tañido de unas pequeñas campanillas a su espalda. Se giró y vio claramente cómo un grupo de etéreas y oscuras figuras atravesaba el corredor. Sintió un frío gélido que le erizó el vello de los brazos y la dejó paralizada. Retrocedió unos pasos sin apartar la vista del fondo del pasillo y anduvo hacia atrás hasta tropezar con la puerta que daba al corredor donde su hermano y sus amigas la esperaban.
Empujó la puerta y la cerró deprisa tras ella apoyando la espalda un momento para recuperar el aliento perdido. Unos metros más allá, ajeno a su angustia, Carlos continuaba narrando las vicisitudes por las que varios compañeros habían pasado en el turno de noche.
La tenue iluminación ayudó a que nadie se diera cuenta de la lividez de su rostro y continuaron su visita en cuanto se unió al grupo.
Al llegar al sótano, Carlos las hizo pasar a una estancia rectangular donde apenas aparecía una decena de obras expuestas. Elena seguía distraída disparando hacia cada uno de los pequeños lienzos retirándose lo suficiente como para que el flash no arruinara las tomas. Pero Alicia se sentía mal allí. No era sólo el hecho de creer haber visto algo raro, sino la presión que estaba experimentando en esa sala.
- No me encuentro bien. Me quiero ir… -dijo con un hilo de voz.
- Ya hemos terminado, hermanita, en seguida nos vamos.
- ¡Necesito salir de aquí ya…! -había aumentado el timbre de su voz sin darse cuenta.
- ¡Está bien, está bien…! -se apresuró a decir Carlos al ver la cara desencajada de su hermana.
Salieron aprisa de la sala y atravesaron en silencio otro largo pasillo que les condujo hacia una de las puertas de emergencia de la fachada lateral del edificio.
Se despidieron de Carlos, pararon un taxi y se acomodaron las tres en el asiento trasero. Alicia abrió la ventanilla y echó la cabeza hacia atrás para que la ligera y cálida brisa de junio hiciera desaparecer la palidez de su semblante. Cerró los ojos para no pensar, para no recordar nada de lo que había sucedido esa noche. Tan ensimismada estaba en intentar relajarse que no se percató de que ahora eran sus amigas las que, revisando las últimas fotografías, habían perdido el color de la tez.
Si hay alguien interesado en saber más sobre las historias fantasmagóricas que circulan sobre el Museo Reina Sofia de Madrid, aquí os dejo el enlace a la primera y segunda parte del video que he encontrado.
Esta semana el tema lo había propuesto yo y casi no lo cuento. Quiero decir que casi no llego. De hecho no he llegado, porque me he vuelto a saltar el Foro a la torera y lo estoy publicando en los últimos minutos del jueves. Pero sé que mis compañeros me perdonarán (o al menos, harán ímprobos esfuerzos para hacerlo, ¿a qué sí?).
Pues eso, el tema era el más allá, sin embargo, podréis comprobar que las historias de mis colegas no están tan lejos:
BLOODY, CRARIZA, PSIQUI y XARBET
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